jueves, 15 de septiembre de 2016

Un concepcionense que triunfó en el básquet




Seguramente los chicos de hoy, que se están introduciendo al mundo del baloncesto, no saben quién es César Rodríguez. Pero los de mayor edad, saben muy bien quién es. Deportes y Protagonistas (DP) te invita a que conozcas la historia de uno de los jugadores más grandes de la historia del basquetbol del Sur de Tucumán, quien gracias a su pasión por el deporte consiguió muchos éxitos en su vida: Fue jugador del seleccionado tucumano en los años ´80, emigró a Buenos Aires para jugar básquet profesional en Mar del Plata hasta el ´94 (año de su retiro) y formó lo que todo el mundo anhela, una gran familia.

Sábado frío en Concepción. El reloj marca las 20hs. En un hotel céntrico de la “Perla del Sur” se encuentra César Rodríguez. Un hombre de 52 años, alto, con cabellera blanca larga  y una contextura física nata de un basquetbolista. Vestido con la indumentaria de su actual club Unión de Mar del Plata (con el cuál vino de paseo unos días a la ciudad para encontrase con amigos, jugar al básquet y llevar donaciones por el día del niño a algunos lugares), saludó cordialmente al periodista de DP y se sentaron en el living del hotel. Bastó presionar sólo un botón de un celular, para que el tiempo retroceda a los años ´70 y 80, y “Checha”, como le dicen sus amigos, se sumerja en los recuerdos más profundos de su aventura como basquetbolista.


Desde muy chico descubrió la pasión por el deporte gracias a su hermano mayor, quien practicaba básquet en la hora de educación física en la escuela ENET Nº1. César todavía era un chico de 11 años y estudiaba en la escuela primaria Uladislao Frías. En las tarde se escapaba a la Sociedad Sirio Libanesa a practicar al aro junto con su hermano durante horas. Luego llegaron los jugadores de primera división que en aquel entonces disputaban la Liga Municipal y ahí empezó a tener sus referentes del deporte. El “Negro” Raúl Juárez, fue uno de los primeros. El básquet se le metió en las venas. Todos los días presenciaba aquellos entrenamientos y gracias a la concurrencia de los chicos de la zona se formó el primer equipo de Minibasquet. “Con camisetas blancas mayas, anilinas y números de cueros, hicimos nuestra primera indumentaria en la casa de los Mariani, gracias a su madre que las coció, y empezamos a competir con equipos de Tafi Viejo y San Miguel de Tucumán”, recuerda con una nostalgia alegre Rodríguez sus inicios en este deporte.


Luego César empezó la secundaria en la escuela ENET Nº1 de Concepción al igual que su hermano. Sus grandes destrezas como basquetbolista lo llevaron a integrar el seleccionado de la escuela y disputar los torneos intercolegiales de ese momento. “Antes era una locura. En la escuela a todos le daban permisos para que presenciaran la competencia ya sea de fútbol, básquet o lo que fuese, todo el colegio estaba presente viéndote. Era sensacional jugar así”, expresó. Pero a fines del ´80 la suerte para el basquetbolista concepcionense cambiaría. Luego de perder la final intercolegial frente al Colegio Nacional de Aguilares, Rene Blanco quien era profesor en ambos colegios que disputaron aquella final le dijo un lunes a “Checha” que del seleccionado tucumano de Cadetes le pidieron dos jugadores, él y uno de la "Ciudad de las Avenidas". A este último no le interesó por lo que César viajó con un amigo suyo, Ramón Márquez para aquella convocatoria.

“Fue la primera vez que viajábamos a San Miguel de Tucumán. Teníamos 16 años. Llegamos a Tucumán BB, y desde afuera se escuchaban muchas pelotas picar. Miramos por un agujero de la puerta de chapa y vimos a casi 40 chicos entrenando. En ese momento me asusté y le dije a Ramón ¡vamos nos de aquí! ¿Qué hacemos? Él me miro y me dijo mírate a vos y mírame a mí. Tenemos dos manos y dos piernas al igual que ellos. ¿Cómo nos vamos a ir? Esas palabras fueron muy alentadoras y entramos. Ramón Márquez fue un gran amigo”, expresa con gusto agridulce aquella declaración el alero concepcionense, dado que el chico que lo alentó a ingresar a esa práctica ya falleció.



De más está decir que ambos jugadores quedaron en esa convocatoria, pero sólo César disputó el torneo argentino de selecciones de cadetes dado que Ramón se lesionó. A pesar de su corta edad, el entrenador Antonio Millán lo hizo firmar a Rodríguez para Sportivo Floresta, sin el consentimiento de sus padres, y el concepcionense empezó a medirse frente a los mejores del básquet tucumano en los ´80. Con 17 años y con grandes actuaciones logró el ascenso de la Liga B, a la A del torneo local de básquet y debido a su participación en los torneos con el seleccionado tucumano, clubes de a fuera empezaron a fijarse en él tiempo más tarde. Finalmente las propuestas empezaron a llegar y en el año ´87 fue Quilmes de Mar del Plata quien logró hacerse de los servicios de uno de los mejores jugador del torneo, que ahora ya tenía 23 años.



César Rodríguez recuerda ese momento como si hubiera sido ayer: “Obviamente estaba muy contento por la noticia. Hable con mi padre sobre esto y él me dijo que decida. Seguir una carrera universitaria o me dedicara de lleno a ser un jugador de básquet profesional, y la segunda fue mi elección. Mi familia siempre me apoyó en esto, recuerdo que durante casi 4 años estuve viajando todos los días a San Miguel de Tucumán. A la mañana y tarde iba a la escuela. Siempre pedía permiso para retirarme 10 minutos antes y tomar el colectivo para viajar durante horas para ir a entrenar y después volver casi a la 1 de la mañana a casa, llegar, comer lo que mi madre me había preparado y al otro día repetir la rutina”, aclaró el concepcionense mostrando claramente que sin sacrificio, las oportunidades no llegan solas.

 Llegó a Quilmes con dos tucumanos más, Gerardo Corroto y Miguel Landete. El cambio fue radical, entrenaban doble turno y la exigencia del torneo era mucho más amplia. De igual manera a César le fue más que bien en el torneo. Logró el ascenso de la B a la A con el equipo cervecero y ganó varias ligas locales donde disfrutaba al máximo su pasión por la “naranja”. Pero saliendo un poco de lo deportivo allí César encontró al amor de su vida, Susana Ronzoni quien fue un pilar para su vida (dado que nunca es fácil estar lejos de casa y de todos tus familiares y amigos) y dos años más tardes se casaron. El tucumano estaba viviendo un sueño único. Esposa, básquet, seleccionado tucumano y era idolatrado en Quilmes. Más no se podía pedir.


Pero no todo es color de rosas para este deportista. Así como el deporte te da cosas, algunas veces te quita otras. El "Alero" concepcionense pasó por momentos muy duros y supo que el baloncesto no lo era todo. “Estar lejos de la familia siempre es duro. Por ahí que te llamen y digan mira, acaba de fallecer tu abuela. O llega un domingo y te encontras en un hotel comiendo sólo, y te pones a pensar que de seguro en tu casa están todos reunidos comiendo un asado y vos ahí sin poder compartir con ellos duele mucho. Más la perdida que nada. Pero bueno, por eso hay que aprovechar cada momento y valorar a quien tenes al lado. Recuerdo que una vez tuve una lesión y deje de jugar básquet por 3 meses, obviamente no me pagaban en ese entonces y en ese difícil momento económico con mi esposa nos hicimos muy fuerte y salimos adelante”, manifiesta el tucumano orgulloso por su compañera de vida que le tocó.

Así pasaron los años y César tuvo la posibilidad de vestir otras camisetas: Almirante Brown de Madryn  en dos ocasiones, Kimberley de Mar del Plata, YPF Cutralco Neuquén y Regina Río Negro. Hasta que un día, llegaron los frutos del amor. “Checha” fue papá y cuando su hijo estaba por empezar el jardín decidió poner fin a su carrera como basquetbolista profesional. Prefirió priorizar la familia. Fue un joven el cual no pudo compartir demasiadas cosas con sus seres queridos y no quiso que a él le suceda lo mismo. En la actualidad trabaja en la parte administrativa de una cadena de carnicerías de Mar del Plata y disfruta de lo mejor que le dejó es básquet, esposa, hijos y hace dos meses, un nieto.

Quizás hoy en día, parezca raro pensar que una persona pueda triunfar en un deporte que no sea el fútbol. César Rodríguez es un claro ejemplo para todos los basquetbolistas,  de todo Tucumán, que sí se puede. Con pasión, dedicación y sacrificio todo llega. El triunfar en la vida no se trata de cuantos títulos o medallas conseguiste, si no disfrutar de lo que haces con familiares y amigos. “Soy un agradecido de la vida y a Dios por todo lo que me dio. Hice lo que me gustó durante mucho tiempo, lo sigo haciendo pero ya no de manera profesional pero si con el mismo compromiso y las ganas de siempre, y tengo grandes amigos aquí en Concepción. Por más que  esté viviendo en Mar del Plata cada vez que vengo aquí comparto con mis amigos de la primaria lo que siempre estuvieron y eso no tiene precio”, expresó “checha”.


Emociones encontradas. Muy fuertes, en un living de un hotel, un día cualquiera. La entrevista toca su fin. El “alero” regresa en sí luego de un viaje por lo recuerdo. Tiene los ojos llorosos, pero de felicidad, por aquellos lindos recuerdos. Emocionado, César Rodríguez el máximo referente del básquet del Sur  de Tucumán luego de este momento con una sonrisa manifiesta lo mejor que le dejó este deporte: “Mi familia está muchos escalones por encima del deporte fue sin lugar a dudas lo mejor que me dio el básquet", aclaró. Y como amante de la “Naranja”, esa que desde muy chico lo llevó a conocer todo el país. Esa por la cual conoció el amor de su vida. Esa gracias a quién pudo formar una gran familia. La  que muchas veces sirve de excusa para que en la actualidad se siga juntando con sus amigos de toda la vida, ya sea para jugar un picadito o una competencia de Maxibasquet en torneo nacionales. Rodríguez, el alero concepcionense, finalizó la entrevista con una frase que salió de su corazón: “Nací siendo jugador de básquet y moriré siendo jugador de básquet.

Autor: Franco Jotallán

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